Libros que me Gustan

Las Nieblas de Avalon

Aquellos que me conocen bien saben que, en mi, hubo un antes y un después a partir de Las Nieblas de Avalon, una obra que más allá de un entretenimiento bibliográfico, fue como una inmersión bautismal y el emerger en algo muy íntimo que reconocí al instante como aquello que sin saber había estado buscando.

El argumento es muy conocido, corre el siglo VI d.c., y las legiones han acudido a defender a una Roma moribunda que han dejado a la Britania celta a merced de las hostilidades de los anglos, jutos y sajones, los cuales buscan (con determinación) nuevos territorios donde establecerse.

Dividida entre una población romanizada que ha abrazado el cristianismo y una población que se mantiene fiel en sus antiguas creencias y costumbres, Britania requiere urgentemente de un rey que pueda serlo de todos y, en consecuencia, reinar desde y para ambos sistemas de creencias.

Y es aquí en donde surge la figura del rey Arturo en torno a la cual se hilará todo el argumento de esta novela que, aunque se apoye en la conocida historia, dejará las gestas y las batallas en un muy discreto segundo plano, a fin de captar toda la atención hacia la colisión y las trágicas consecuencias del enfrentamiento entre el cristianismo celoso, exclusivo y colonizador de la época; y la antigua religión de la Diosa de claro corte telúrico y nítidamente orientada a armonizar la propia existencia con los ciclos naturales de la vida. No hay cascos, ni armaduras relucientes, ni fabulosos torneos en esta novela, no los hay ni tampoco se echan de menos.

Hay quien dice que Las Nieblas de Avalon es la historia del Rey Arturo escrita desde el punto de vista de las mujeres que aparecen en ella, pero yo diría que es más bien la historia de Morgana, su siniestra hermana, la cual logra deshacerse de las vestimentas de bruja (con las que ha sido tradicionalmente descrita por los clérigos medievales), para pasar a vestirse con los hábitos sagrados de una sacerdotisa de la Diosa y sucesora natural de la venerada Señora del Lago.

A diferencia de las grandes religiones soportadas a partir de fabulosas historias y normas contenidas en imponentes textos, la sola mención de la Diosa, entendida como la Vida que emana libre de los poros de la Tierra, pulsa una cuerda interior haciéndola vibrar de tal manera que la propia espiritualidad se funde con la misma alegría de ser, y donde uno agradece y ama hasta el mínimo pliegue de la vida que está viviendo.

Éste es el efecto que causó en mí la lectura de Las Nieblas de Avalon y es por esto por lo que la considero una de aquellas obras “portal”, capaz de transportar a otro plano en el que es posible seguir existiendo, un manto en el que envolverse y liberarse de aquellos harapos tenebrosos y culpabilizantes con los que algunos crecimos.

Habla Morgana:

“En mis tiempos me llamaron muchas cosas: hermana, amante, sacerdotisa, hechicera, reina. Ahora, ciertamente, me he tornado en hechicera, y acaso llegue el momento en el que sea necesario que estas cosas se conozcan. Pero, bien mirado, creo que serán los cristianos quienes digan la última palabra. Perpetuamente se separa el mundo de las Hadas de aquel en el que Cristo gobierna. Nada tengo contra Cristo, sino contra sus sacerdotes, que consideran a la Gran Diosa como a un demonio y niegan que alguna vez tuviera poder sobre este mundo. Cuanto más, declaran que su poder proviene de Satán…”.

“Hubo un tiempo en el que un viajero, teniendo voluntad y conociendo solo algunos secretos, podía adentrar su barca en el Mar Estival y arribar, no al Glastonbury de los monjes, sino a la Sagrada Isla de Avalon. Porque en aquel tiempo las puertas de los mundos se difuminaban entre las nieblas y se abrían, una a otra, cuando el viajero poseía la intención y la voluntad. Pues éste es el gran secreto que era conocido por todas las mujeres y hombres cultos de nuestra época: basándonos en nuestro pensamiento, creamos el mundo que nos rodea, diariamente renovado”.